Buenos días seguidores hoy mi blog irá dedicado al pueblo de Medina. Esta está situada en la provincia de Cádiz, en la Sierra de la Janda, en el Cerro del Castillo, siendo esta la mayor elevación de todo el tercio occidental de la provincia con unas vistas increíbles de la Bahía de Cádiz, de ahí su nombre Balcón de la Bahía. El término acoge además gran parte del recorrido del Corredor verde de las dos Bahías, que es una vía verde que une la Bahía de Cádiz y la Bahía de Algeciras.
La historia de esta ciudad comienza en la parte final de la Edad del Bronce, por algunos restos encontrados, aunque hallazgos arqueológicos afirman la posible existencia de una antigua ciudad Fenicia. En el siglo III a.c. llegaron los romanos, pero alcanzaría su mayor apogeo en el siglo I y César Augusto la convierte en colonia con derecho romano conocida por el nombre de Asido, Caesarina. Con la llegada de los visigodos se convierte en capital de provincia y sede de la Iglesia Católica. En el año 712 la ciudad es conquistada por Musa ibn Nusair, general del Califato Omeya. La cora de Sidonia, siendo la capital hasta la llegada de los normandos y la posterior reconquista por Alfonso X el sabio en 1264. fue sede de varias órdenes militares. Entre ellas destacan la Orden de Santiago y la Orden de Santa María. En 1440 entra a formar parte del Señorío de los Duques de Medina-Sidonia.
La mañana de aquel domingo se presentaba fría, tras dejar el coche cerca de la gasolinera central del pueblo, una construcción a modo de muralla llamó mi atención, la cual se encuentra en la actual avenida Pascual Cervera, después de subir unos cuantos escalones una columna triste de mármol blanco a modo de peana, me salubada tristemente detrás de su reja. Unos metros más arriba la muralla despertaba su labor defensiva, varias almenas asomaban a mi paso seguidas de varios agujeros, restos de lo que sería su antiguo andamiaje. Una de las torres era abrazada por las hojas punzantes de un cactus, que dejaban ver que aquello fue la hacienda del cristo de la sangre, como muy bien indicaba su anciano azulejo vidriado.
Caminaba abrigado bajo los tímidos rayos de sol, mientras la estatua huérfana sin cabeza me guiaba hacia las entrañas de la ciudad. Las cuestas me daban la bienvenida, mientras se despertaba aquel frío domingo, caminaba por aquellas peculiares calles cuando el número 7 que descansaba sobre el dintel de una antigua puerta llamó mi atención, se trataba de un colegio que aún mantenía su peculiar grafía antigua y que luchaba contra el paso del tiempo por no perder la forma de su nombre.
Unos metros más arriba, un enorme aparcamiento llamó mi atención, me encontraba en uno de sus cerros, desde él las vistas animaron mi imaginación, me sentí por un momento soldado del Califato Omeya. Sólo el frío viento me devolvió al siglo XXI, delante gigantes blancos movían sus brazos al son del viento, mientras las grises nubes se perdían en los Alcornocales.
A mi paso por la ciudad milenaria se abrían ecos del pasado en forma de monumentos, cañones, conventos, arcos...tenía la sensación de estar en un enorme libro de historia, de haber retrocedido varios siglos.
Y tras varios minutos de caminata, allí estaba, asomada tras la fachada encalada de una humilde casa. La joya de Medina, la Iglesia de Santa María la Coronada, del siglo XV-XVI, de estilo gótico. Lo primero que te encuentras es su portada lateral gótica plateresca, de piedra cantera, compuesta por un arco de medio punto, cuatro columnas de estilo dórico con fuste liso, con dos hornacinas en las que se encuentran San Pedro y San Pablo, en el segundo cuerpo encontramos: arquitrabe y friso, debajo de este una metopa rematada por una cornisa, el tercer cuerpo o segundo piso lo componen: un friso con cuatro pequeñas pilastras, arriba y en el centro del segundo piso podemos ver una hornacina y cierra el piso un tímpano con sima y goterón.
Después de pagar la entrada, un pequeño patio a modo de claustro me dió la bienvenida, a un lado como vigilante de seguridad un negro y abandonado tenebrario me saludó tímidamente, mientras sus quinces brazos silenciosos seguían mis pasos. Un poco más adelante una tumba de mármol blanco, me indicó el valor religioso que tenía el lugar. Varios objetos antiguos salían a mi paso, baules, estatuas... Al otro lado del patio una pequeña puerta comunicaba el claustro con la iglesia. Una vez dentro el aire fresco del milenario mármol, abofeteó mi cara, mientras mis ojos se clavan como alfileres sobre el retablo plateresco que presidía el altar. En él se pueden ver escenas de la vida de Jesús y María, ya que tenía una función catequética. Pero lo que más llamó mi atención fueron las 168 figuras ni más ni menos. La iglesia consta de tres naves en forma de cruz latina. El silencio y la sensación de no estar sólo me acompañaba bajo la atenta mirada de vírgenes y cristos, fue en una de estas capillas donde una de estilo barroco despertó en mi la curiosidad, justo delante de mis ojos se encontraba una pintura la faz de verónica. Santa Faz, Santo Rostro o Volto Santo son denominaciones que distintas tradiciones piadosas dan a varias reliquias cristianas identificadas con el paño de la Verónica. Según la tradición este fue el paño con el que Verónica limpió la cara de Cristo durante el Viacrucis y que se le atribuyen poderes sobrenaturales.
Pensaba mentalmente sobre la verdad o no de aquel paño cuando de repente el sonido de las campanas me devolvió de nuevo al presente. Un poco más adelante cuatro sillones de color de marrón y comidos por la carcoma milenaria, me invitaron a que conociera su negra historia. Pensando que podían ser, mi imaginación cesó en el momento que leí aquella nota informativa, sillones de la Inquisición. Después de leer la frase un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, estaba delante de sillones que han juzgado la vida de mucha gente.
Mi reloj se clavó sobre aquellos asientos y volando en plena Edad Media me encontraba hasta que la voz de una dulce cincuentona me trajo de nuevo al presente a modo de invitación. Por este lugar se sube a lo alto de la torre... Atrás dejaba santos, santas, relicarios de todo tipo, asesinatos, señales masónicas...
La curiosidad hizo que subiera los sufridos y ancianos escalones de aquella torre campanario... en lo alto unas enormes y centenarias campanas me dieron la bienvenida, anunciadoras de tristeza y de alegría su cuerpo azulado por el bronce me transportaban a una época donde las noticias sólo se anunciaban por el vaivén de sus fríos cuerpos. La vista de Medina era espectacular por un lado la bahía de Cádiz, por debajo la villa y al aldo el castillo.
Las doce de la mañana marcaba el reloj rojo que llevaba en la muñeca, mientras enfilaba el camino empedrado que me guiaba hacia el castillo, lugar de encuentro de culturas milenarias, desde la Edad del Bronce, romanos, árabes y cristianos. Tras alcanzar el cerro del castillo, pude observar que tan sólo se conserva parte de la muralla medieval, mandada a restaurar por los Duques de Medina, y que ahora es el lugar de quedadas juveniles. A parte de esto, otro lugar de interés arqueológico es Villa Vieja. Podéis obtener más información en: http://arqueologiamedina.blogspot.com/
Movido por la curiosidad de observar las piezas de su museo, seguía mi antigua estela bajando por las cuestas, como río por su caudal. Después de varios minutos caminando, llegué a uno de los puntos más importantes de la ciudad. El Arco de Belén, arco del siglo X que separa la ciudad medieval de la actual. Tras pasar por la máquina del tiempo y volver a retroceder varios siglos, alcancé el museo arqueológico de la ciudad, no es muy grande pero cuenta con gran cantidad de objetos, que describen los periodos históricos de la ciudadela. Una de las cosas que llamó mi atención fue el hecho de que el actual museo se asienta sobre los restos de la ciudad romana de Medina del siglo I d.c.. En él podemos encontrar también las cloacas, también de la época de Tiberio. En el museo podemos encontrar desde ánforas romanas y fenicias, bustos de emperadores, de dioses, cerámica de varias épocas, objetos domésticos y demás enceres. También podemos ver y contemplar los diferentes tipos de enterramientos incluso la incineración, ya que el museo cuenta con una gran cantidad de objetos funerarios, desde tumbas, sarcófagos y estelas funerarias. Cuenta también con una gran colección de monedas de varias épocas desde la fenicia hasta la perdida peseta, en esta colección me llamó la atención una moneda de origen judío la cual tenía en su reverso la estrella de David. En otras de las salas encontramos siglos recientes en forma de balas, llaves antiguas y otros objetos. Pero la auténtica joya no está en sus objetos,sino en el lugar... Tras abandonar la sala de exposiciones una bofetada de aire frío y humedad, me transportó a la época de esplendor del Imperio Romano, a escasos centímetros los criptopórticos me saludaban con sus arcos milenarios y me invitaban a recorrer sus entrañas. Aquello era como una burbuja de tiempo, todo estaba en silencio, sólo roto por los comentarios de algunos turistas, era imposible escapar a su encanto milenario, sus mudas galerías me guiaban como sirena a Odiseo, hacia el interior del edificio, donde se encontraban las cloacas, lugar de residuos de los ciudadanos romanos y ahora reconvertidas en reclamo turístico. La sensación de claustrofobia recorrió todo mi cuerpo y mantenía a mis sentidos en el presente mientras mi mente recorría la Roma precristiana, después de sumergirme varios siglos volví de nuevo a la Medina actual.
Antes de salir del museo, pregunté a la mujer si había alguna posibilidad de visitar el trozo de calzada romana, en perfecto estado, que se encontraba en el pueblo y que pertenecía a una finca privada. Tuve la suerte de que en ese preciso momento de estaba haciendo un grupo para visitarla. Después de cerra el museo, el guía enfiló aquella empinada cuesta y tras varias esquinas, una pequeña casa se abría ante nosotros, aquella humilde morada, escondía uno de los trozos de calzada más importantes de la Hispania romana.
La primera impresión al ver la calzada fue de asombro, por lo bien conservada que estaba, se podían ver sus diferentes partes, el pavimentum, la acera, el vierteaguas... parece que el tiempo se hubiera detenido en esos pocos metros. Una de las cosas que más llamó mi atención fue, un cristal que separaba mis manos de un juego infantil, que aún se mantenía intacto y que consistía en jugar con canicas.
Después de montarme en el coche y enfilar la carretera que me llevaría de nuevo a la autovía, mis ojos miraban por el retrovisor mientras el campanario de la Iglesia me despedía. Atrás se quedaba parte de la historia de Cádiz y de España, un lugar único en la provincia gaditana, con vida propia y es que por sus calles aún galopan aquellos guerreros milenarios, a modo recuerdo y sonidos en noches de cielo cerrado. Medina la ciudad milenaria, misteriosa y encantada. Os recomiendo vivir la leyenda y viajar al pasado.
Este blog va dedicado a mi gran amigo meinato; Javier Benítez
Para más info. http://www.medinasidonia.es/
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